PRÓLOGO
Sudaba mientras dormía, y unas gruesas
gotas perlaban su cara. Su pelo oscuro y suavemente rizado se adhería a la piel
húmeda de las sienes y caía hacia atrás para revelar una frente blanca y ancha,
las mejillas talladas finamente, la nariz arrogante y una boca orgullosa y
fuerte.
Sudaba y gemía, como si
estuviera enfermo, pero no había ninguna enfermera al lado de la cama, nadie
para aliviar el calor torturado que producía su cerebro angustiado.
Al moverse de un lado a otro,
la manta áspera que lo cubría se desplazó, y su brazo y su pecho desnudos
fueron alcanzados por el resplandor de un rayo de luz que se colaba por una
grieta en la pared de tela. Era poderoso, musculoso y fuerte. Y la noche,
celosa del toque de la luz, volvió a cubrirlo rápidamente con su abrazo.
–¡Nuri! – gritó entonces, como si sospechara que la noche había
desterrado a la luz, ya que en su lengua la palabra nuri significaba luz –¡Nuri!
– gritó de nuevo, con añoranza, desesperado, pero la noche resueltamente lo
cubrió. Hasta que el sol se levantara, le pertenecía a ella. No lo dejaría
siquiera a la luz de la lámpara, sin importar cuánto gritara.
En su sueño, no era una luz lo
que buscaba, sino su luz, la mujer de
ese nombre. Avanzaba a pasos agigantados a través de la fortaleza, eludido
siempre por una capa de tela, una película de seda gris que se movía de un lado
a otro en una esquina, a través de una puerta o simplemente delante de él.
Ahora la seguía, luego buscaba a ciegas, abriendo puertas de habitaciones
vacías, que se convertían en pasillos vacíos, atrapando la tela para encontrar
que era sólo un velo, o una cortina o simplemente una pared, no el vestido de una
mujer.
Y siempre el viento soplando.
Lo sentía en las sienes y lo veía ondular en la tela de gasa que perseguía y
nunca alcanzaba. Sabía que el viento venía del centro de la fortaleza, y que la
mujer, no importa cuántas veces equivocara el camino, lo guiaba hacia allí.
Ahora, por fin, estaba cerca de
ella. Una puerta se cerró justo cuando estaba por alcanzarla, las sedas se
demoraron un segundo ante una puerta de doble hoja y luego desaparecieron
mientras la puerta se cerraba de golpe. Por un instante pudo vislumbrar su
rostro. Alargó la mano, empujando la puerta de par en par y avanzó hacia el
interior.
Ella al fin estaba allí. Estaba
parada en el centro y era el centro mismo. El viento le apartaba el pelo de la
cara y apretaba la seda gris sobre su cuerpo, y ella era el viento mismo.
Por un momento no pudo moverse.
Se quedó mirándola, mientras su corazón latía salvaje, sabiendo que no había
salida en esta sala excepto la que él bloqueaba con su cuerpo. La miró, con la
cabeza en alto, sabiendo que ella era suya, su pasión insoportablemente agitada
por el cabello grueso y claro que el viento apenas levantaba y por el cuerpo
perfecto revelado bajo la gasa gris y la caricia firme del viento.
Luego serían sus caricias firmes
las que la moldearían, sin dejar nada al azar o a la imaginación, las que la descubrirían
y crearían al mismo tiempo, bajo sus manos.
Ella sonrió y le tendió las
manos, como la antigua diosa de las aguas, pura, verdadera, inmaculada.
Ella era suya y a la vez no lo era.
Su cuerpo saltó con una pasión parecida a la muerte, y su corazón con un amor parecido
al miedo.
Superó el miedo y la muerte
para acercarse a ella y luego la abrazó, y fue toda suya, era humana, su
esposa, dada a su amor bajo juramento, perfecta con fallas, fuego con hielo,
agua con sequía, luz.
–Nuri! – gritó –¡Mi luz!
La envolvió con fuerza en sus
brazos de modo que no pudiera escapar de nuevo
–Nuri! – gritó de nuevo con intención feroz y apasionada, que todo
lo consumía.
Ella abrió la boca para hablar
y él se detuvo a escuchar. Pero ningún sonido salió de esos labios llenos,
labios que él, por un segundo fatal, se demoró en besar. Ella sonrió y su
mirada se apartó de la suya, y luego, como el humo, la visión se desvaneció y la
forma sólida de ella se hizo aire.
Se despertó con un grito de desolación.
Afuera de la tienda de campaña el viento había arreciado y, aunque golpeaba la
tienda, no se abrió paso al interior. Escuchó una voz dubitativa y se irguió
sobre un codo, estirándose hacia la cama de al lado para estar seguro de que realmente
estaba solo, pues el sueño había sido muy real.
–¿Ha llamado, Señor?
–Sólo fue un sueño – contestó
el hombre.
–De victoria, quiera Dios.
–Soñaba con la victoria –
coincidió el hombre, porque ella era victoria para él. Pero no dijo que lo
había eludido.
–Que los oídos de Dios estén
presentes – dijo el vigilante, y se fue hacia la noche.
La lluvia
comenzó a caer. El soñador escuchó los primeros golpes, apenas perceptibles,
contra la pared de la tienda, bajo el martilleo del viento.
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