lunes, 3 de marzo de 2014

Prologo

PRÓLOGO

Sudaba mientras dormía, y unas gruesas gotas perlaban su cara. Su pelo oscuro y suavemente rizado se adhería a la piel húmeda de las sienes y caía hacia atrás para revelar una frente blanca y ancha, las mejillas talladas finamente, la nariz arrogante y una boca orgullosa y fuerte.
Sudaba y gemía, como si estuviera enfermo, pero no había ninguna enfermera al lado de la cama, nadie para aliviar el calor torturado que producía su cerebro angustiado.
Al moverse de un lado a otro, la manta áspera que lo cubría se desplazó, y su brazo y su pecho desnudos fueron alcanzados por el resplandor de un rayo de luz que se colaba por una grieta en la pared de tela. Era poderoso, musculoso y fuerte. Y la noche, celosa del toque de la luz, volvió a cubrirlo rápidamente con su abrazo.
¡Nuri! – gritó entonces, como si sospechara que la noche había desterrado a la luz, ya que en su lengua la palabra nuri significaba luz –¡Nuri! – gritó de nuevo, con añoranza, desesperado, pero la noche resueltamente lo cubrió. Hasta que el sol se levantara, le pertenecía a ella. No lo dejaría siquiera a la luz de la lámpara, sin importar cuánto gritara.
En su sueño, no era una luz lo que buscaba, sino su luz, la mujer de ese nombre. Avanzaba a pasos agigantados a través de la fortaleza, eludido siempre por una capa de tela, una película de seda gris que se movía de un lado a otro en una esquina, a través de una puerta o simplemente delante de él. Ahora la seguía, luego buscaba a ciegas, abriendo puertas de habitaciones vacías, que se convertían en pasillos vacíos, atrapando la tela para encontrar que era sólo un velo, o una cortina o simplemente una pared, no el vestido de una mujer.
Y siempre el viento soplando. Lo sentía en las sienes y lo veía ondular en la tela de gasa que perseguía y nunca alcanzaba. Sabía que el viento venía del centro de la fortaleza, y que la mujer, no importa cuántas veces equivocara el camino, lo guiaba hacia allí.
Ahora, por fin, estaba cerca de ella. Una puerta se cerró justo cuando estaba por alcanzarla, las sedas se demoraron un segundo ante una puerta de doble hoja y luego desaparecieron mientras la puerta se cerraba de golpe. Por un instante pudo vislumbrar su rostro. Alargó la mano, empujando la puerta de par en par y avanzó hacia el interior.
Ella al fin estaba allí. Estaba parada en el centro y era el centro mismo. El viento le apartaba el pelo de la cara y apretaba la seda gris sobre su cuerpo, y ella era el viento mismo.
Por un momento no pudo moverse. Se quedó mirándola, mientras su corazón latía salvaje, sabiendo que no había salida en esta sala excepto la que él bloqueaba con su cuerpo. La miró, con la cabeza en alto, sabiendo que ella era suya, su pasión insoportablemente agitada por el cabello grueso y claro que el viento apenas levantaba y por el cuerpo perfecto revelado bajo la gasa gris y la caricia firme del viento.
Luego serían sus caricias firmes las que la moldearían, sin dejar nada al azar o a la imaginación, las que la descubrirían y crearían al mismo tiempo, bajo sus manos.
Ella sonrió y le tendió las manos, como la antigua diosa de las aguas, pura, verdadera, inmaculada.
Ella era suya y a la vez no lo era. Su cuerpo saltó con una pasión parecida a la muerte, y su corazón con un amor parecido al miedo.
Superó el miedo y la muerte para acercarse a ella y luego la abrazó, y fue toda suya, era humana, su esposa, dada a su amor bajo juramento, perfecta con fallas, fuego con hielo, agua con sequía, luz.
Nuri! – gritó –¡Mi luz!
La envolvió con fuerza en sus brazos de modo que no pudiera escapar de nuevo
Nuri! – gritó de nuevo con intención feroz y apasionada, que todo lo consumía.
Ella abrió la boca para hablar y él se detuvo a escuchar. Pero ningún sonido salió de esos labios llenos, labios que él, por un segundo fatal, se demoró en besar. Ella sonrió y su mirada se apartó de la suya, y luego, como el humo, la visión se desvaneció y la forma sólida de ella se hizo aire.
Se despertó con un grito de desolación. Afuera de la tienda de campaña el viento había arreciado y, aunque golpeaba la tienda, no se abrió paso al interior. Escuchó una voz dubitativa y se irguió sobre un codo, estirándose hacia la cama de al lado para estar seguro de que realmente estaba solo, pues el sueño había sido muy real.
–¿Ha llamado, Señor?
–Sólo fue un sueño – contestó el hombre.
–De victoria, quiera Dios.
–Soñaba con la victoria – coincidió el hombre, porque ella era victoria para él. Pero no dijo que lo había eludido.
–Que los oídos de Dios estén presentes – dijo el vigilante, y se fue hacia la noche.
La lluvia comenzó a caer. El soñador escuchó los primeros golpes, apenas perceptibles, contra la pared de la tienda, bajo el martilleo del viento.

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