–Señoras y señores, les habla
el capitán de vuelo – Alinor Brooke, sentada junto a la ventana oval pasada de
moda, en un estado de somnolencia, inducido un poco por el zumbido de las
hélices antiguas y otro poco por el paisaje que se divisaba mucho más abajo, se
despabiló un poco para escuchar. El capitán se aclaró la garganta –Ahora
estamos pasando justo por la frontera oriental del Reino de Parvan, en estos
momentos estamos sobre el Gran Desierto Central, y si miran a la derecha, a la
distancia y en pocos minutos podrán ver la capital, Shahr-i Bozorg, en las estribaciones de las Montañas Kohishir.
Alinor se volvió obediente para
mirar a través del plástico moldeado, estriado con millares de pequeñas líneas
que reflejaban la luz cegadora del sol en un destello fino. Entrecerrando los
ojos por el resplandor, miró hacia fuera a lo lejos, a través de kilómetros de
desierto hasta las escarpadas montañas coronadas de nieve. Realmente estaban
volando a un nivel inferior del pico más alto, Shir, la montaña que daba nombre a toda la cadena, eso hacía que el
avión de hélice, antiguo pero funcional, pareciera frágil, una mosca que en
cualquier momento podría ser aplastado por las toneladas de roca.
Alinor se estremeció. Koh-i Shir. Susurró el nombre para sí
misma. León de montaña. Leche de montaña. El nombre, como tantas otras cosas en
el Reino de Parvan, era ambivalente, y muy perfectamente apropiado. «León» sin
duda describía lo agazapado, lo amenazante, justamente como la noble presencia
que dominaba el paisaje entero. Y «leche» describía no sólo el blanco inalterable
de las cimas de las montañas, sino también la abundancia que se encontraba
abajo, en el país rico, protegido y de altos valles, tan diferente del desierto
que se extendía más allá. ¿Qué otro idioma tenía una palabra que podía meter
tanto en una sola sílaba corta? Shir.
Protección masculina, generosidad femenina. La Gran Madre y el Gran
Padre en uno. El «León/Leche» nos pertenece a nosotros, y nosotros a la «Leche/León»,
le había recitado él la primera vez que ella vio la montaña. Shir an-i mahast , o ma an-ishir... Alinor eliminó de su mente esa voz evocadora y se
centró en lo que a su compañera del asiento le decía –¿Tu novio te espera en el
aeropuerto?
–Oh sí, creo que sí – Por
supuesto que sí. Gabriel era el perfecto caballero inglés, y además, sus
conexiones con la embajada serían necesarias para acelerar los trámites de
inmigración. Kaljukistan aún estaba
temeroso de los extranjeros. Por décadas, bajo el régimen soviético, no habían
visto prácticamente a ninguno. Con la desintegración de la Unión Soviética
habían llegado unos años de fronteras abiertas, y luego de la guerra con Parvan,
habían cerrado las fronteras de nuevo a los extranjeros de paso. A eso había
que añadirle que ahora Kaljukistan era oficialmente un estado islámico, y ella
era una mujer que viajaba sola. De seguro Gabriel la estaba esperando.
–Ciertamente esta es una vista
que no se podía ver hasta hace poco tiempo – dijo el capitán un minuto más
tarde, cuando el reflejo de la gran cúpula y las torres de Shahr-i Bozorg aparecieron a la vista, brillantes a la distancia.
Alinor clavó su mirada a contraluz hasta que sus ojos dolieron. Parvan.
–Las aerolíneas comerciales han
retomado los vuelos sobre el Gran Desierto Central, después de varios años. La
guerra entre Kaljukistan y Parvan había hecho la ruta demasiado peligrosa. Para
aquellos que no lo saben, por ahí, en algún lugar del desierto está la
frontera, y sólo los lugareños saben exactamente dónde está. Durante la guerra,
cualquiera que se perdiera en este espacio aéreo podía recibir un disparo desde
alguno de los dos lados, o de ambos a la vez, y lo digo por experiencia
personal – Se pudo percibir una sonrisa en su voz bien inglesa y un murmullo de
risas entre los extranjeros a bordo –La paz entre las dos naciones ha acortado
dos horas de tiempo de vuelo esta mañana, y vamos a aterrizar en Shahriallah, la reciente renombrada capital
de Kaljukistan, en poco más de media
hora.
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