miércoles, 12 de marzo de 2014

Capitulo 1

–Señoras y señores, les habla el capitán de vuelo – Alinor Brooke, sentada junto a la ventana oval pasada de moda, en un estado de somnolencia, inducido un poco por el zumbido de las hélices antiguas y otro poco por el paisaje que se divisaba mucho más abajo, se despabiló un poco para escuchar. El capitán se aclaró la garganta –Ahora estamos pasando justo por la frontera oriental del Reino de Parvan, en estos momentos estamos sobre el Gran Desierto Central, y si miran a la derecha, a la distancia y en pocos minutos podrán ver la capital, Shahr-i Bozorg, en las estribaciones de las Montañas Kohishir.
Alinor se volvió obediente para mirar a través del plástico moldeado, estriado con millares de pequeñas líneas que reflejaban la luz cegadora del sol en un destello fino. Entrecerrando los ojos por el resplandor, miró hacia fuera a lo lejos, a través de kilómetros de desierto hasta las escarpadas montañas coronadas de nieve. Realmente estaban volando a un nivel inferior del pico más alto, Shir, la montaña que daba nombre a toda la cadena, eso hacía que el avión de hélice, antiguo pero funcional, pareciera frágil, una mosca que en cualquier momento podría ser aplastado por las toneladas de roca.
Alinor se estremeció. Koh-i Shir. Susurró el nombre para sí misma. León de montaña. Leche de montaña. El nombre, como tantas otras cosas en el Reino de Parvan, era ambivalente, y muy perfectamente apropiado. «León» sin duda describía lo agazapado, lo amenazante, justamente como la noble presencia que dominaba el paisaje entero. Y «leche» describía no sólo el blanco inalterable de las cimas de las montañas, sino también la abundancia que se encontraba abajo, en el país rico, protegido y de altos valles, tan diferente del desierto que se extendía más allá. ¿Qué otro idioma tenía una palabra que podía meter tanto en una sola sílaba corta? Shir. Protección masculina, generosidad femenina. La Gran Madre y el Gran Padre en uno. El «León/Leche» nos pertenece a nosotros, y nosotros a la «Leche/León», le había recitado él la primera vez que ella vio la montaña. Shir an-i mahast , o ma an-ishir... Alinor eliminó de su mente esa voz evocadora y se centró en lo que a su compañera del asiento le decía –¿Tu novio te espera en el aeropuerto?
–Oh sí, creo que sí – Por supuesto que sí. Gabriel era el perfecto caballero inglés, y además, sus conexiones con la embajada serían necesarias para acelerar los trámites de inmigración. Kaljukistan aún estaba temeroso de los extranjeros. Por décadas, bajo el régimen soviético, no habían visto prácticamente a ninguno. Con la desintegración de la Unión Soviética habían llegado unos años de fronteras abiertas, y luego de la guerra con Parvan, habían cerrado las fronteras de nuevo a los extranjeros de paso. A eso había que añadirle que ahora Kaljukistan era oficialmente un estado islámico, y ella era una mujer que viajaba sola. De seguro Gabriel la estaba esperando.
–Ciertamente esta es una vista que no se podía ver hasta hace poco tiempo – dijo el capitán un minuto más tarde, cuando el reflejo de la gran cúpula y las torres de Shahr-i Bozorg aparecieron a la vista, brillantes a la distancia. Alinor clavó su mirada a contraluz hasta que sus ojos dolieron. Parvan.
–Las aerolíneas comerciales han retomado los vuelos sobre el Gran Desierto Central, después de varios años. La guerra entre Kaljukistan y Parvan había hecho la ruta demasiado peligrosa. Para aquellos que no lo saben, por ahí, en algún lugar del desierto está la frontera, y sólo los lugareños saben exactamente dónde está. Durante la guerra, cualquiera que se perdiera en este espacio aéreo podía recibir un disparo desde alguno de los dos lados, o de ambos a la vez, y lo digo por experiencia personal – Se pudo percibir una sonrisa en su voz bien inglesa y un murmullo de risas entre los extranjeros a bordo –La paz entre las dos naciones ha acortado dos horas de tiempo de vuelo esta mañana, y vamos a aterrizar en Shahriallah, la reciente renombrada capital de Kaljukistan, en poco más de media hora.

lunes, 3 de marzo de 2014

Prologo

PRÓLOGO

Sudaba mientras dormía, y unas gruesas gotas perlaban su cara. Su pelo oscuro y suavemente rizado se adhería a la piel húmeda de las sienes y caía hacia atrás para revelar una frente blanca y ancha, las mejillas talladas finamente, la nariz arrogante y una boca orgullosa y fuerte.
Sudaba y gemía, como si estuviera enfermo, pero no había ninguna enfermera al lado de la cama, nadie para aliviar el calor torturado que producía su cerebro angustiado.
Al moverse de un lado a otro, la manta áspera que lo cubría se desplazó, y su brazo y su pecho desnudos fueron alcanzados por el resplandor de un rayo de luz que se colaba por una grieta en la pared de tela. Era poderoso, musculoso y fuerte. Y la noche, celosa del toque de la luz, volvió a cubrirlo rápidamente con su abrazo.
¡Nuri! – gritó entonces, como si sospechara que la noche había desterrado a la luz, ya que en su lengua la palabra nuri significaba luz –¡Nuri! – gritó de nuevo, con añoranza, desesperado, pero la noche resueltamente lo cubrió. Hasta que el sol se levantara, le pertenecía a ella. No lo dejaría siquiera a la luz de la lámpara, sin importar cuánto gritara.
En su sueño, no era una luz lo que buscaba, sino su luz, la mujer de ese nombre. Avanzaba a pasos agigantados a través de la fortaleza, eludido siempre por una capa de tela, una película de seda gris que se movía de un lado a otro en una esquina, a través de una puerta o simplemente delante de él. Ahora la seguía, luego buscaba a ciegas, abriendo puertas de habitaciones vacías, que se convertían en pasillos vacíos, atrapando la tela para encontrar que era sólo un velo, o una cortina o simplemente una pared, no el vestido de una mujer.
Y siempre el viento soplando. Lo sentía en las sienes y lo veía ondular en la tela de gasa que perseguía y nunca alcanzaba. Sabía que el viento venía del centro de la fortaleza, y que la mujer, no importa cuántas veces equivocara el camino, lo guiaba hacia allí.
Ahora, por fin, estaba cerca de ella. Una puerta se cerró justo cuando estaba por alcanzarla, las sedas se demoraron un segundo ante una puerta de doble hoja y luego desaparecieron mientras la puerta se cerraba de golpe. Por un instante pudo vislumbrar su rostro. Alargó la mano, empujando la puerta de par en par y avanzó hacia el interior.
Ella al fin estaba allí. Estaba parada en el centro y era el centro mismo. El viento le apartaba el pelo de la cara y apretaba la seda gris sobre su cuerpo, y ella era el viento mismo.
Por un momento no pudo moverse. Se quedó mirándola, mientras su corazón latía salvaje, sabiendo que no había salida en esta sala excepto la que él bloqueaba con su cuerpo. La miró, con la cabeza en alto, sabiendo que ella era suya, su pasión insoportablemente agitada por el cabello grueso y claro que el viento apenas levantaba y por el cuerpo perfecto revelado bajo la gasa gris y la caricia firme del viento.
Luego serían sus caricias firmes las que la moldearían, sin dejar nada al azar o a la imaginación, las que la descubrirían y crearían al mismo tiempo, bajo sus manos.
Ella sonrió y le tendió las manos, como la antigua diosa de las aguas, pura, verdadera, inmaculada.
Ella era suya y a la vez no lo era. Su cuerpo saltó con una pasión parecida a la muerte, y su corazón con un amor parecido al miedo.
Superó el miedo y la muerte para acercarse a ella y luego la abrazó, y fue toda suya, era humana, su esposa, dada a su amor bajo juramento, perfecta con fallas, fuego con hielo, agua con sequía, luz.
Nuri! – gritó –¡Mi luz!
La envolvió con fuerza en sus brazos de modo que no pudiera escapar de nuevo
Nuri! – gritó de nuevo con intención feroz y apasionada, que todo lo consumía.
Ella abrió la boca para hablar y él se detuvo a escuchar. Pero ningún sonido salió de esos labios llenos, labios que él, por un segundo fatal, se demoró en besar. Ella sonrió y su mirada se apartó de la suya, y luego, como el humo, la visión se desvaneció y la forma sólida de ella se hizo aire.
Se despertó con un grito de desolación. Afuera de la tienda de campaña el viento había arreciado y, aunque golpeaba la tienda, no se abrió paso al interior. Escuchó una voz dubitativa y se irguió sobre un codo, estirándose hacia la cama de al lado para estar seguro de que realmente estaba solo, pues el sueño había sido muy real.
–¿Ha llamado, Señor?
–Sólo fue un sueño – contestó el hombre.
–De victoria, quiera Dios.
–Soñaba con la victoria – coincidió el hombre, porque ella era victoria para él. Pero no dijo que lo había eludido.
–Que los oídos de Dios estén presentes – dijo el vigilante, y se fue hacia la noche.
La lluvia comenzó a caer. El soñador escuchó los primeros golpes, apenas perceptibles, contra la pared de la tienda, bajo el martilleo del viento.

jueves, 27 de febrero de 2014

Sipnosis

 ¡RAPTADA POR SU MARIDO!

EL SECUESTRO

En un momento Alinor Brooke estaba caminando por el pasillo, y al siguiente estaba siendo arrastrada a los brazos de un apuesto jeque. Cuando el príncipe heredero Thomas Durran se la llevó a su tierra natal, Alinor sabía que no podía luchar contra la voluntad de su ex-marido. ¿Pero era miedo lo que hacía latir su corazón, o anhelo?

LA SEDUCCIÓN


Tom era inmune a las súplicas de la suave y vulnerable mujer que llevaba por el desierto. Lo único que él sabía era que ningún otro hombre tendría lo que era legítimamente suyo. Ninguna ley podría quitarle la pasión que una vez habían compartido en el lecho conyugal. Y nadie podría amarla como él la había amado...